El 28 de febrero próximo, a las 20:00 horas (hora de Roma), el Santo Padre dejará libre su cargo y será allí cuando un grupo de altos funcionarios irrumpirá en sus aposentos, con un "martillo" y procederá a destruír el "Anillo del pescador" que lleva grabado el nombre de "Benedicto XVI", para que no queden rastros de tan importante objeto personal e identificativo del papado. Lo que no se conoce es que se hará con el oro una vez aplastado (detalle que no es aparentemente importante pero si muy bueno de ser anunciado). Tampoco se comprende porqué en un lugar de sagrados muros y "sumergido en tanta espiritualidad", como lo es la Basílica de San Pedro, se pueda realizar "con un simple martillo" en la mano de un cardenal, este hecho tan desagradable (aunque, tal vez, inevitablemente necesario).
Es de suponer, si es que se lleva a cabo la destrucción del objeto relacionado con el ministerio petrino, que tal ceremonia se realice de forma más reservada (por decirlo de alguna manera) o fascinante (si cabe aquí hacer valer éste término) pues proviene de una comunidad de religiosos casi directamente ligados a Dios "el todopoderoso" que todo lo puede y que milagros ha realizado y en apariencias continúa realizándolos; siendo por dicha razón que se ve ridiculizada la acción del martillo "de ferretería" frente al poder que se suele ostentar desde el Vaticano.
Estas acciones nos demuestran la falta de ingenio y creatividad de los que dirigen la Iglesia Católica y que caen en ridículos errores como el que se describe en párrafo anterior o en los hechos de disputas, intrigas y agitaciones que se generan y que continuarán generándose cuando el cónclave se reúna, y finalmente concluya cuando el humo blanco -de alguna manera fabricado en oposición al negro (también fabricado, que indica que aún no hay decisión)- determine que un nuevo Sumo Pontífice estará listo para manejar el destino de la tan maltratada y no bien conducida Iglesia Católica, según mi modesto entender.









































